Viaje a los pueblos blancos, DÍA 5

Otro día completamente diferente al anterior y a cualquier otro de este viaje.

Hoy ha sido el día que menos tenía que hacer, practicamente ningún plan, y el que mejor lo he pasado.

Un día motero al 100% en perfecta sincronía con la moto y con el entorno. Por fin pude hacer la carretera que va de Ronda a Arcos de la Frontera completa, al menos hasta El Bosque, porque una vez allí la carretera ya es muy recta y no tiene nada de interés hasta llegar a Arcos, ya me la he hecho ida y vuelta antes.

Una carretera perfecta, con buen firme, sin apenas baches, con agarre y un entorno entre Alcornoques y Pinos Pinsapos. Precioso y perfecto.

La primera parada fue en Grazalema, aparqué donde el primer día y me dispuse a andar por las calles, todas llenas de edificios blancos, callejones estrechos y todos los letreros y carteles de los comercios con la misma estética. Tiene la actividad de una ciudad grande pero a pequeña escala y la idiosincrasia y actitud del personal se contagia. Estuve largo rato allí y tomé una cerveza helada en el bar que al parecer regenta el hombre que el primer día que llegué a Grazalema me instó a que cambiara la moto de lugar porque donde la estaba dejando ponían multas de 200€

Lástima no llevar las alforjas para comprar algo en las tiendas locales porque tienen de todo, queso de cabra Payoya, confiterías, dulces típicos… De haber tenido unas buenas alforjas o que al menos en esta moto no se me chamuscaran llevaría un trocito de esta tierra hasta Madrid. Por otro lado es la excusa perfecta para volver.

Continué mi marcha hasta el Bosque. Hoy sí lo podía hacer por la 372 siguiendo recto desde Grazalema. El tramo sigue igual que en el primero, con curvas sinuosas y un paisaje que quita el hipo. Cuando llego al final hasta El Bosque diviso un par de bares que tienen buena pinta, de camino, como a siete kilómteros había ojeado un par de merenderos en medio del monte, muy tranquilos y pintorescos. Pensaba en comerme un chuletón bien gordo o una hamburguesa casera pero este plan de comer al aire libre y con el sonido del monte me apetece más. Me pediré mejor algo para llevar.

Como aún es pronto me da tiempo a dar media vuelta y disfrutar de nuevo de esta carretera fantástica y en vez de hacerla entera me desviaré por donde me mandaba el Guardia Civil del segundo día. Recuerdo que aquel tramo de montaña era más estrecho y peligroso que este pero las vistas del valle, cómo desciende la carretera y al fondo del tremendo embalse.

Dicho y hecho. Encuentro el desvío y para allá que voy. Normal que quisiera volver, las vistas son espectaculares y aunque la carretera no es tan divertida porque has de ir con mucho cuidado y más lento, el paisaje lo compensa. Qué pequeño te sientes en un lugar así y qué grande es La Tierra.

Como si de la película “El día de la Marmota” se tratase vuelvo a desandar mis pasos de nuevo hacia la 372 dirección El Bosque, esta vez para pedir algo de comer y llevarlo al merendero y como no podía ser de otro modo, hacer toda la carretera de nuevo hasta Ronda. De nuevo, si no eres motero/a puede que esto no lo entiendas, pero para mi, en ese instante es lo único que quería hacer.

Paro en una venta con especialidad en carnes a la brasa, bocadillos y más cosas. Está justo en el cruce y hay coches en la puerta, parece buen sitio donde parar. Me quito la chaqueta, el casco, guantes… un poquito harto a de la parafernalia y me dirijo a la puerta. Vaya, está cerrado, probaré por la otra puerta. Vaya, también cerrada, qué raro, hay muchos coches en el aparcamiento y el lugar parece habitado pero la llave está echada y por dentro hay otra puerta a modo de cancela también cerrada, no hay duda, está cerrado a cal y canto. En una de las puertas hay un cartel que reza “Los martes cerrado por descanso del personal”

¡Mi madre! ¿Hoy es martes? Tenía que ser miércoles, ¿En qué mundo vivo? Suerte que los smartphones te solucionan todo. Qué alivio, mi calendario mental sigue bien e intacto pero el por qué este sitio está cerrado es una incógnita.

Pero hay veces que las cosas suceden por algún motivo y eso que yo no soy un creyente del destino pero en ocasiones todo parece indicar que sí.

Acabo en un bar a cien metros de este, también de carretera. Restaurante Los Nogales, abierto desde 1980. Un lugar ya con solera. El parking también con coches pero aquí tienen terraza y en ella hay un grupo de seis ingleses, todos con pinta de surfistas y una furgoneta que seguro que es suya. Un poco lejos de Tarifa pienso para mi.

Dentro es un lugar que efectivamente parece que el tiempo se detuvo en 1980. Con tragaperras, máquinas de tabaco, máquina de chistes, una pecera como si fuera una televisión… todo muy retro, con las sillas y sillones también de ese estilo. Un lugar muy pintoresco y quienes lo regentan unos cachondos mentales de cuidado con ganas de trabajar. Me hicieron un bocadillo que riete tú de master chef. Sin duda si volviera por esta zona repetiría.

Desando el camino siete kilómetros hasta el merendero donde fácil estuve una hora y media comiendo y distraido con las redes sociales, grabando y con la calma. Un lugar con decenas de mesas, barbacoas y hasta baños. Hay una edificio que parece ser los restos de un antiguo bar que ya está en desuso porque las puertas están tapiadas y seguramente la de los baños también. No podía haber un lugar mejor para haber comido y descansado. Durante todo el día tuve la sensación de estar donde tenía que estar. Un día de diez.

Aquí terminaría el diario de hoy y el diario de todo el viaje si no fuera por un impulso de última hora. Todos los días he pasado por una carretera que a su llegada a Ronda tiene un desvío con un cartel amarillo que indica Estación de La Indiana” Me sonaba perfecto y estuve a punto de parar pero hoy, que no tenía más planes más que llegar a casa de la señora Dolores, ducharme y preparar el petate coloqué el intermitente y pegué el frenazo de mi vida para no saltarme la salida, una de esas reacciones involuntarias. Qué gran acierto, el camino lleva a una estación abandonada pero por las vías continúan pasando trenes. Aproveché para hacer fotos originales y tener algún recuerdo más pintoresco de mi paso por aquí. En un momento me vine arriba y pasé con mi moto por el andén muy despacio, sin problema ni peligro, es ancho pero en una de estas que hacía una foto pasó un tren de media distancia que hizo sonar su tremenda bocina. Como ahí hay un paso a nivel no se si me lo daba a mi o simplemente por protocolo. Quiero pensar que por esto último ya que llevaba avisando de su llegada desde lo lejos.

Y con esta última anécdota me despido hasta la próxima publicación que espero que sea con otra aldea abandonada.

Muchas gracias a todos los que leéis este diario.

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