Viaje a los pueblos blancos, DÍA 3

Veamos por dónde empiezo hoy. Lo mejor será que nos vayamos un poco atrás en el tiempo, cojamos nuestro Delorean personal y nos situemos tras la publicación de ayer, del día dos de este viaje.

Según me subí a mi habitación tras terminar de escribir el diario en el jardín me duché para así ir más rápido hoy pero al salir de la ducha las cervicales me dijeron que hasta ahí habían llegado, con su consiguiente jaqueca como hacía mucho que no tenía.

Daba igual la postura en la cama, si tumbado, sentado o de pie, el cuello me quemaba la cabeza me palpitaba. Logré con concentración y controlando la respiración que el dolor se suavizara hasta las 4 de la madrugada el la que mi mente se pudo dormir, a ratos, despertándome a cada poco.

Así ya nos podemos poner en situación de cómo empezó mi tercer día de viaje. Aunque necesitaba dormir más a las 8 en punto me levanté, recogí las cosas y me fui a desayunar al Chozo. Café con leche al infierno, como ellos lo ponen y un mollete de jamón con tomate y aceite. Delicioso y más aún si no había cenado la noche anterior. Me sentó a gloria bendita, como dicen por aquí, pero según me monté en la moto previa revisión de presiones de inflado de las ruedas y engrasado de la cadena, las cervicales volvieron a la carga y el dolor de espalda era ya agudo. En el primer pueblo en el que divisé a lo lejos una señal de farmacia paré a comprar Ibuprofeno, unas gasas para protegerme mejor un reciente tatuaje y vaselina para los labios. La pastilla tardó bastante en hacer su efecto, supongo porque según me la tomé seguía encima de la moto pero a la hora de comer ya estaba casi como nuevo.

Continuamos rumbo a Tarifa. El plan de hoy tan solo es llegar y comer allí, el resto lo dejo a la improvisación, y qué gran acierto este.

Salí del laberíntico y pequeño pueblo con farmacia y la primera mitad del camino es muy divertida, carreteras sinuosas y rápidas en las que divertirse con la moto, en las que disfrutar del camino. La segunda mitad en cambio horrosa, me cambió el humor entre el calor, el dolor y que la ruta que calculé en el gps no hacía más que cambiarme de carreteras y desvíos cada dos o tres kilómetros por caminos agrarios asfaltados en los que había que ir muy lento y con mucho cuidado con lo que en vez de disfrutar solo iba atento al gps. Pero amigos, una vez salimos de todo ese nuedo y colmamos el puerto, desde lo alto pude ya divisar un mar de molinos de viento y al fondo el océano Atlántico, Tarifa y a lo lejos África.

Ya me noto pegajoso de la humedad y el olor a mar lo invade todo. Callejeo un poco hasta un punto de la playa de Los Lances donde hay unos bloques de edificios los cuales arrojan una hermosa sombra donde dejar la moto turistear a pie. Doy una vuelta y el rollo surfero se nota en el ambiente. A mi vuelta a la moto veo que en frente hay un chirinuito muy bien decorado con un rollito chill out que me llama. Me meto en la arena hasta una mesa hecha con barriles. ¡Una jarra de cerveza, por favor!

No tienen jarras pero sí pintas muy frías y como están así, frías, me vale. De hecho ahora me vale todo, siento que estoy donde quiero estar. A la sombra el fuerte viento de Tarifa me hace estar muy fresco y unido a este ambiente relajado y esta música tranquila y a un volumen perfecto en el que deja escuchar el sonido del agua hace que esté como nunca. Mientras me termino la cerveza pienso y busco en internet lugares donde comer hasta que se me enciende la bombilla y es que si estoy a gusto aquí, ¿Para qué moverse? La carta me gusta así que me pido un salmorejo y un tartar de atún, algo sano y ligero, muy en consonancia con el momento. Todo buenísimo y aunque ha sido lo más caro del viaje no es para nada caro teniendo en cuenta la calidad y el sitio en el que está emplazado el Waikiki, que es como se llama.

Según termino me dirijo a la playa de Bolonia, conocida por su campamento hippie auténtico y por el Kaitsurf. Todos los bares que están a pie de playa están llenos de gente, sigue siendo la hora de comer así que aparco la moto casi en la arena, me compro un helado y me lo como sentado en la vegetación al lado de la moto. El aire hace llevadero el calor pero pronto mi cuerpo me pide sombra así que cojo la moto en busca del chiringuito libre sin guantes ni chaqueta, ya se me empieza a pegar el estilo playero.

Según estoy dando marcha atrás un tipo con su mujer me dan el alto para preguntarme cuál es mi moto. Al parecer son propietarios de una custom pero mi moto les ha gustado. Me dan la enhorabuena y se esperan a oirme arrancar y rugir el tubo de escape. Qué gente tan maja. Quizás si no eres motero o motera estas cosas no las entiendas. Tranquilo/a, yo tampoco lo haría, pero mola mucho.

Al fin, al fondo del camino hay dos chiringuitos libres, uno llamado el Tucán en el que alquilan material surfero pero este me lo paso de largo sin querer, como es habitual en mi y acabo en el último, donde finalizo mi estancia en la ciudad del viento como dice Quique González. Aquí viendo mi moto y a los surferos con sus velas yendo toda pastilla por el agua, relajado y con otra dosis de ibuprofeno. Qué bien he estado hoy. Quizás el día que menos cosas he hecho pero lo he gozado al máximo.

El camino de regreso lo hago por otro diferente, busco nacionales más rápidas con tal de no estar tan atado a mirar continuamente el gps. No ha sido el viaje de vuelta de mi vida pero fue entretenido hasta que en un punto he llegado a un control de la Guardia Civil. Venía apretándole un poco, no había visto ningún radar ni fijo ni móvil pero ya quien sabe, como sea eso aquí tienen conmigo para rato. Según nos vamos acercando nos dan el alto pero sin hacernos parar del todo excepto a algunos coches en los que miran en su interior desde fuera y revisan lo bajos, todo muy raro y al ver que no se trataba de ningún radar sino de un control rutinario y de estos me he comido unos pocos me levanté la visera y subí el parasol para que me vieran bien la cara y mi mirada. Todo correcto, puede continuar.

Ya de vuelta a la casa de la señora Dolores he parado de nuevo en El Chozo para cenar mientras subía las fotos para este diario y me ponía al día con familiares y amigos. A la llegada ya a mi habitación he sorprendido a Dolores con su hermano. Hemos tenido una charla breve sobre mi viaje, a qué me dedico… no olvidemos que es un pueblo. Me han halagado pensando que soy estudiante. Terminé mis estudios hace diez años, pero gracias les digo entre risas. La señora Dolores me ha ofrecido de nuevo su cocina por si quiero hacerme algo de cena o de comer cualquier día y me insta a tomar un café antes de salir por la mañana. Qué mujer tan hospitalaria, cómo me fastidia la única crítica negativa que tiene en TripAdvisor, el género hater no tiene fronteras.

Desde luego quizás mañana le tome la palabra y le acepte el café mañanero. Desde luego estoy pensando que ha sido un acierto la reserva de este sitio porque aúna todo lo que buscaba que era calma y paz para descansar y escribir y sentirme como en casa… o casi.

2 comentarios

  1. Se te sigue, Joel. Estos blogs son el complemento perfecto a tus vídeos del viaje. Lo completan, le dan más profundidad y lo hacen redondo — para los que te seguimos, me refiero, jajaja. Lo que me extraña un poco es que nadie más comente por aquí…

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s